La tragedia de la oposición venezolana

In América Latina y el Mundo, CatArtLA

El campo opositor al gobierno de Nicolás Maduro está más dividido que nunca. Lo que ayer era motivo de unidad, hoy lo es de ruptura. ¿Cómo pudo, en medio de la crisis, ganar espacio el chavismo?

 

Las elecciones regionales del 15 de octubre fueron una catástrofe para la oposición. Pocas veces en la historia un evento electoral ha logrado consecuencias tan contundentes: nada menos que la práctica destrucción del perdedor. La Mesa de la Unidad Democrática (MUD), la alianza de partidos que con relativo éxito se había venido enfrentado a Nicolás Maduro, ahora está disuelta en los hechos y los partidos que la integraban, cada uno con una interpretación distinta de lo ocurrido, se han reagrupado en tres grandes bloques más o menos enfrentados entre sí. Los candidatos que hasta la víspera punteaban en las encuestas, se desdibujaron hasta el punto de que nadie los considera seriamente para los comicios del 2018, y la población opositora, que aún es mayoría, se hunde en la desesperanza y no sabe si resignarse y acomodarse como pueda con el gobierno o encontrar un modo para mudarse al exterior.

¿Cómo fue posible una hecatombe de tal dimensión? ¿Cómo, después de cuatro meses de protestas que prácticamente paralizaron el país, con un rechazo de alrededor del 80% de los venezolanos, las sanciones y condenas internacionales, la peor crisis económica de la historia del país y la posibilidad cierta de un default en el cortísimo plazo, Maduro puede cantar una victoria y encima una de esa dimensión? Lo que se pueda responder a estas preguntas es clave tanto para entender la cambiante situación venezolana como para extraer lecciones de utilidad para el análisis político. El modo en que cada bando jugó sus cartas, en el que uno supo reconcentrar sus fuerzas y mientras el otro las dispersó, la importancia de los discursos y de los líderes para crear sentido en la población ante hechos que la conmueven, y el papel de las apariencias para tomar o mantenerse en el poder, quedan de manifiesto en la cadena de acontecimientos y decisiones que desembocaron en el 15 de octubre.

Comencemos con las apariencias. El tamaño y la continuidad en el tiempo de las protestas le hizo pensar a muchos que el régimen estaba cerca de caer. Pero la verdad es que salvo la disidencia de la fiscal Luisa Ortega Díaz, el bloque gubernamental no se rompió, al menos no de forma visible o en todo caso capaz de obligarlo a aceptar los reclamos de la oposición (cronograma electoral, liberación de los presos políticos, apertura de un canal humanitario). Por el contrario, mientras la policía, la Guardia Nacional y los llamados «colectivos», lograban el control, aunque no sin grandes esfuerzos, de una sociedad cansada después de más tres meses de protestas y más de un centenar de muertos; Maduro tomó la delantera con la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente. A partir de ese momento la lucha fue por evitar su instalación, hecho en el que se obtuvieron enormes triunfos como el referéndum simbólico del 16 de julio y la condena de muchos países a la iniciativa, pero que le permitió al gobierno llevar la batuta de los debates. Y es acá donde lo de los discursos entroncan con las apariencias: Maduro no tenía ninguna razón para echarla atrás, aún cuando hizo un par de amagos, como el de proponer su posposición si los opositores se unían a ella. Pero todo indica que la dirigencia opositora estaba segura de que lograría detener la convocatoria y, hasta donde se ve, no se prepararon para la eventualidad de que se instalara finalmente. Además, el rechazo a la Constituyente era altísimo por lo que era casi imposible participar sin ofender a sus seguidores y una larga lista de promesas incumplidas durante los diálogos sostenidos antes de la crisis, desaconsejaban hacer caso a Maduro.

Pero el juego de las apariencias y los discursos que les dan sentido tuvo otro flanco: acaso para hacer reconcentrar la movilización contra la Constituyente, se dijo que si se instalaba, el gobierno tendría poderes absolutos. Eso significaba dos cosas: que de antemano le reconocía este poder con el hecho de que lograra reunirse y, por lo tanto, que si esos ocurría, ya estaba todo perdido. Pues bien, eso fue lo que ocurrió, y el discurso opositor funcionó como una soga atada a su propio cuello. El 30 de julio, cuando el Consejo Nacional Electoral dijo que ocho millones de venezolanos votaron por la Constituyente (en el referéndum del 16 de julio, se calculó que habían sido siete), la dirigencia, básicamente no dijo nada contundente. Ahora carece de plan para avanzar. A lo sumo, que las cifras sólo podían explicarse por un monumental fraude. Días después, la empresa que procesa los datos, Smartmatic, dijo que habían sido manipulados, lo que venía a ser un aval para esa tesis. Pero ya se había convocado a las elecciones de gobernadores y eso abría una disyuntiva: o participar pese a todas las dudas por el árbitro electoral, o abstenerse y arriesgarse a perder espacios, dejando todas las gobernaciones en manos del gobierno. Se decidió –la verdad que con razones de peso—la segunda opción, pero es evidente que muchos electores vieron una incongruencia en aquello: ¿cómo se le pide al electorado que participe en unas elecciones organizadas por quienes ellos mismos a los que han acusado de fraudulentos? Aunque hubo líderes que llamaron a la abstención no hacía falta demasiado esfuerzo para que la duda se sembrara, sobre todo si en vez de explicar los riesgos y las razones por los que valía la pena enfrentarlos, se prefirió el discurso triunfalista de que se ganaría sino todas, casi todas las gobernaciones.

Acá es donde Maduro terminó de demostrar que era mejor jugador. Mientras en los circuitos electorales dominados por la oposición la gente decidía no votar y tal vez el peso de la emigración a gran escala de la clase media empezaba a sentirse, el gobierno desarrolló una eficiente máquina cooptación de votos a través de sus canales para distribución de ayudas – en especial de comida—, y de la organización disciplinada de su militancia. Hay quienes hablan de un sistema como el del PRI: un autoritarismo electoral en el que no es necesario hacer un fraude masivo sino sumar muchas formas de ventajismo distintas para ganar siempre, siendo o no mayoría. Estas formas van desde el traslado a último momento de votantes de la opositora clase media a otros centros lejos de sus hogares o en sitios que consideren peligrosos, a emplear los consejos que distribuyen alimentos para movilizar votantes. El resultado fue el nocaut del 15 de octubre: diecinueve gobernaciones en manos del gobierno y cinco en las de la oposición.

Nuevamente se habló de fraude, pero rápidamente se señaló como culpable a la abstención, lo que da a entender que la victoria del gobierno fue meridianamente limpia o, lo que es lo mismo, un reconocimiento de la derrota por parte de la oposición. Como guinda del postre, cuatro de los cinco gobernadores opositores electos se juramentaron ante la Asamblea Nacional Constituyente que esa misma oposición había declarado ilegítima. En lo subsiguiente las diferencias que todos sabían que anidaban en la MUD se revelaron con fuerza, para dividirse en tres bloques: el de los partidos socialdemócratas Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo, que han preferido actuar dentro de los límites que permite el régimen (aunque algunos hablan de simple connivencia con el poder); en el otro extremo, el del partido liberal Vente Venezuela y el socialdemócrata Alianza Bravo Pueblo de los líderes María Corina Machado y Antonio Ledezma, que reunidos en la alianza Soy Venezuela plantean una resistencia sin concesiones; y el que en el centro tienen los partidos Primero Justicia (centro), Voluntad Popular (socialdemócrata) y La Causa Radical (Causa R, socialista), que se presentan como los herederos de la MUD en una nueva alianza, Venezuela está Primero.

Aunque el rechazo mayoritario de la población, la situación económica desastrosa que va a empeorar y las sanciones internacionales no le ponen fácil el panorama a Maduro, la tragedia de la oposición venezolana ha hecho que las discusiones se concentran en la posibilidad de que Maduro se postule para la reelección el año que viene o de que el Partido Socialista Unido de Venezuela opte por una renovación con el joven Héctor Rodríguez, figura promisoria en el chavismo que acaba de ganar el muy estratégico Estado Mirando, que básicamente agrupa al hinterland de Caracas y, según parece, está subiendo en las encuestas. Se da por descartado que otras figuras, por las razones que sean, tengan un chance real.

El desastre vivido por la oposición venezolana probablemente se convierta en un modelo de estudio. Pero precisamente porque demuestra que en política las cosas no son lo que parecen ser y que los relatos que se hacen de ellas pueden tener un peso fundamental. El juego sigue y aún hay cartas bajo la manga. Tal vez la experiencia le haya enseñado algunas cosas al jugador de oposición.

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