La última conspiración del doctor Paz

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“Carajo, ese no era el plan y todo puede terminar en el fracaso”. Las palabras sonaban más ásperas que de costumbre desde la ronca voz del coronel Alberto Natusch Busch. A las 11 de la noche del 31 de octubre de 1979, los regimientos Tarapacá, Ingavi y Lanza salían rodando de sus cuarteles para ocupar los sitios estratégicos de la sede de Gobierno.

Vestido de civil, Natusch contemplaba la escena enfurecido. Todas las ideas conspirativas llegadas hasta sus oídos en los últimos meses le habían sugerido retrasar el golpe hasta fines de noviembre, cuando el Parlamento tuviera por decisión deponer al presidente Wálter Guevara Arce, pero sobre todo cuando la IX Asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA), que había sesionado hasta la víspera en La Paz, hubiera perdido brillo y dejado de ser el orgullo mayúsculo del gobierno interino del momento.

Guillermo Bedregal, el entonces subjefe del MNR y protagonista central del golpe de noviembre, nos pinta esa escena en su libro Doy la cara (1995). Otras versiones históricas y el sentido común confirman la precipitación del proyecto sedicioso. El cruento levantamiento militar del 79 fue uno de los desatinos más dolorosos de la historia del país. La Asamblea Permanente de los Derechos Humanos tiene registrados 208 muertos, 207 heridos y 124 desaparecidos, saldo macabro de las jornadas desencadenadas hace casi cuatro décadas, en un día de Todos Santos.

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Natusch, citado por Bedregal en su libro, sabía muy bien que una movilización militar en ese momento no sólo era inoportuna, sino “absolutamente irracional”, pero los tanques ya estaban estremeciendo los adoquines durante el asalto de la madrugada.

Unas horas antes, la plaza San Francisco había recibido a miles de personas convocadas para celebrar en verbena popular  uno de los mayores triunfos de la diplomacia boliviana. El 26 de octubre, cinco días antes, 25 cancilleres americanos habían resuelto recomendar negociaciones para que Bolivia obtenga “una conexión territorial, libre y soberana con el océano Pacífico”.

En el entonces hotel Sheraton de La Paz (hoy Radisson), en homenaje a la naciente democracia boliviana y en nítido repudio al régimen de Pinochet, la OEA enarbolaba como suya la causa marítima boliviana; mientras Chile reaccionaba con visible mal humor ante la resolución.

Pero la rabia chilena iba a tener corta vida. Para vergüenza del país anfitrión, los cancilleres visitantes tuvieron que subir al aeropuerto escoltados por los tanques. El gobierno democrático que habían respaldado con tanto cariño estaba siendo derribado. Desde Santiago vino la burla fulminante para subrayar que en Bolivia no hay un interlocutor válido para negociar nada. Detrás de las barricadas, el pueblo se encargaría de devolver el poder a los civiles, pero ya el agravio estaba consumado.

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Los golpistas

Los datos recogidos sobre el cuartelazo revelan que la salida de las tropas fue adelantada porque el presidente Guevara había empezado a desmontar la conjura.

Los rumores sobre la conspiración estaban desde hace semanas sobre el escritorio presidencial y fue Guevara en persona quien convocó a Natusch para pedirle que cesara los preparativos.

A sólo cuatro días de la acción militar, el coronel desmintió públicamente el “ruido de sables”, pero Guevara no se quedó con los brazos cruzados y dispuso el cambio del comandante del regimiento Ingavi, uno de los golpistas.

Natusch -cuenta Bedregal- había minimizado la importancia del relevo, pero al parecer, los demás conspiradores de uniforme actuaban por cuenta propia y decidieron anticipar el golpe antes de que Guevara terminara de desmantelar los mandos sediciosos.

En De cerca, el mejor programa de entrevistas de la televisión boliviana,  Carlos D. Mesa Gisbert  tuvo, años después, como invitado a Guillermo Bedregal, autor de una biografía de Paz Estenssoro y canciller del golpe de noviembre.

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Bedregal dice ahí que Natush era  “un tipo excepcional,  de una gran calidad humana, de una gran honestidad”. Luego asegura que el golpe estaba planificado para mediados de diciembre y que fueron los militares los que adelantaron las acciones. Habría sido sorpresa. Bedregal fue despertado aquella madrugada por una llamada del coronel Natush: “Guillermito, los muchachos ya han salido”. El astuto político y “lacayo intelectual  de Paz Estenssoro (él mismo lo dice), sintió pavor en ese momento. Se vio “obligado” a “dar la cara” y acompañar a ese corto gobierno de 16 días.

¿Por qué se dio el golpe? Bedregal lo ratifica con Mesa con una sinceridad increíble. Dice que el presidente Guevara “empezó a buscarse tipos raros en su gobierno. Hay toma y daca en la política, pero Guevara organizó un gabinete híbrido con gente que no tenía nada que ver con todo el proceso democrático que se había gestado. No había una lealtad indispensable para con el MNR y para con el MNRI.

Entonces todo el mundo estaba disgustado, el país político se puso frente a Guevara porque él quería hacer a su modo  su gobierno”. El pecado del presidente derrocado fue no repartir ministerios entre movimientistas, cosa que Natush hizo pródigamente.

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El doctor Paz

El gabinete de Natusch fue posesionado al amparo de las hileras de tanques que ocupaban la plaza Murillo. 10 de los 15 ministros eran civiles, entre ellos, tres del MNR, cinco del MNRI y tres independientes. La pregunta más insistente en las primeras horas del día era si el derrocamiento de Guevara contaba con la venia del doctor Víctor Paz, jefe del MNR.

Como es natural, Bedregal emplea varias páginas de su libro para afirmar que sus acciones eran respaldadas por Paz. Éste se habría reunido con Natusch no sólo para avalar la febril labor conspirativa de sus hombres, sino para recomendar que el golpe tuviera lugar a fines de noviembre, después de que el Parlamento, de mayoría movimientista, le hubiera retirado su confianza a Guevara.

“Doctor, el movimiento se ha producido. No como inicialmente estaba previsto, pero yo cumplí mi parte, ahora le toca a usted”. Esas habrían sido las palabras telefónicas de Natusch, ya instalado en el Palacio, en la mañana del 1 de noviembre. Desde el otro lado de la línea, Paz le habría prometido respaldar el alzamiento.

Horas después -siempre según Bedregal- el jefe del MNR habría recibido una severa advertencia del embajador norteamericano en La Paz. Desde la Casa Blanca, el experimento sólo obtendría repudio.

Raudo, el comité político nacional del MNR se reunió para evaluar los sucesos. Allí, Paz habría dejado a Natusch en la estacada. Al salir, Bedregal le habría preguntado: “Jefe, entonces todo este trabajo de meses, todos los compromisos y desvelos, ¿son un error?”.  La respuesta de Paz: “No doctor, el objetivo de fregar a Guevara lo hemos cumplido”. En efecto, semanas después Guevara era reemplazado por Lidia Gueiler.

¿Pero para qué fregar a Guevara?  Las razones aparecen en el libro de Bedregal y también en el de Ana María Romero de Campero (Ni todos ni tan santos, 1996), quien fuera ministra de aquel gabinete depuesto por los tanques. Ella cuenta que un Bedregal febril y autosuficiente buscaba, en 1979, la entrega de varios ministerios al MNR. Sin embargo, Guevara optó por gobernar con personas sin militancia.

Al parecer el MNR exigía respaldo gubernamental en los comicios venideros, los de 1980, pero el Presidente no era fácil de subordinar.  En 1989, como una forma de compensación partidaria, fue el acompañante de fórmula de Gonzalo Sánchez de Lozada, el sucesor de Paz, pero esa ya es otra historia en la que Bedregal termina nuevamente marginado por el hombre al que “había que fregar”.

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