Octubre de 2003 y el tío

In Bolivia, CatArtBolivia

2017-10-23 19:24:52
por: Bryan Katari *

Figuras como Marcelo Quiroga Santa Cruz o Andrés Solís Rada enfatizaban la importancia de la propiedad nacional y estatal de los recursos naturales, fueran cuales fueran, para garantizar no sólo el crecimiento y desarrollo del país, sino también su independencia y su propia soberanía política
Recursos naturales y movilización política. Recursos naturales y desarrollo. Recursos naturales y guerra. En Bolivia, como en el resto de la periferia capitalista, es inevitable ligar a los recursos naturales con las más elevadas esperanzas, así como también con las más terribles pesadillas. En Bolivia, casi todos los hechos históricos relevantes han estado relacionados directa o indirectamente con los recursos naturales. Es como si se confirmara, aunque de forma muy prosaica, aquella afirmación de Marx que sostenía que lo que pasa en la superestructura política, social y cultural es necesariamente un reflejo de la estructura económica. Bolivia es un país condenado por la división internacional del trabajo a producir materias primas para los centros industriales del mundo, y aquella condena se expresa en una forma de pensar colectiva que prioriza el valor de dichos recursos naturales en la vida política y económica del país.

Octubre de 2003 viene a reconfirmar esa afirmación, así como la nacionalización de las minas de 1952, la nacionalización del gas a finales de los 60’s, y casi todas las guerras que hemos sufrido a nivel internacional. También explica septiembre de 2008, cuando la oligarquía separatista del país se empeñó en resistir el avance de las reformas del gobierno de Evo Morales desde una plataforma regional que apuntaba sus esperanzas de un nuevo Estado justamente en la posesión de ingentes reservas de gas ubicadas en lo que consideraban su territorio, y no el territorio patrio.

Y por ello mismo, figuras como Marcelo Quiroga Santa Cruz o Andrés Solís Rada enfatizaban la importancia de la propiedad nacional y estatal de los recursos naturales, fueran cuales fueran, para garantizar no sólo el crecimiento y desarrollo del país, sino también su independencia y su propia soberanía política. No obstante, al mismo tiempo, Zavaleta ya nos advertía acerca del peligro de hacer de estos recursos un fetiche, “el fetiche del excedente”, él lo llamaba. La propia línea de pensamiento liberal dentro del país critica la dependencia de la economía boliviana de la explotación de los recursos naturales, como una forma de economía no transable y poco inclinada a promover el crecimiento de una economía de base ancha. La academia económica liberal, también, liga la dependencia de la extracción de recursos naturales en economías subdesarrolladas, con sistemas políticos autoritarios y mayores niveles de corrupción. Desde el plano de la geografía política y económica, estudiosos como Philipe Le Billon advierten que territorios ricos o superabundantes en recursos naturales son más proclives a sufrir guerras de secesión, golpes de Estado impulsados por élites políticas y partidarias interesadas en controlar riquezas que las encumbren en el poder, sin mencionar guerras de intervención dirigidas por potencias extranjeras igualmente interesadas por controlar la veta de minerales o pozos de hidrocarburos más prometedores que existan en países con “Estados fallidos”

La dependencia de los recursos naturales es, entonces, algo que se critica tanto desde la izquierda como de la derecha de la filosofía política, pero con horizontes diferentes. Para los primeros es una dependencia que debe ser superada a partir del aprovechamiento estratégico de dichos recursos por parte del Estado; para los segundos, una oportunidad para atraer inversión extranjera incluso a costa de negociar la independencia nacional. Un eje de conflicto inevitable en países como Bolivia o Venezuela, y uno que seguramente seguirá empujando la locomotora de la historia en el Tercer Mundo.

Octubre de 2003 fue la expresión violenta de muchas contradicciones que anidaban en el seno de la sociedad boliviana, y que se alimentaban de clivajes sociales tan variados como lo son el regionalismo, la pobreza y la exclusión étnica, todos datos que eran normales en la formación social boliviana. Pero octubre de 2003 también fue la expresión violenta de ese trauma boliviano que teme por la soberanía de los recursos naturales. Una pedagogía nacional basada en la paranoia de que ya perdimos suficiente desde que nacimos como Estado, y que no estábamos dispuestos a perder más. Mucho menos a través del territorio de un país que se consideraba un enemigo histórico, como Chile, hacia otro que se consideraba como un enemigo opresor, como los Estados Unidos.

En el fondo, una parte de octubre de 2003 también fue la expresión más esperanzadora de los bolivianos en relación a aquel trauma colectivo de los recursos naturales. La izquierda boliviana alimentó durante décadas la tesis de que dichos recursos sólo estaban enriqueciendo a otros países y a una reducida élite política dentro de Bolivia. Y tenían razón, como lo demostró Andrés Solís Rada en su trabajo de investigación sobre la fortuna del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada durante su primera gestión de gobierno. Un verdadero capitalismo de camarilla.

La izquierda, entre cuyos impulsores estaba el entonces diputado Evo Morales, empujó la demanda por un referendo para nacionalizar los hidrocarburos. Aquella propuesta caló hondo en los bolivianos, que luego de defenestrar a Sánchez de Lozada también exigió con la misma urgencia una decisión clara por parte de el entonces presidente Carlos Mesa, cuya respuesta no tuvo la contundencia esperada, condenando su gestión con aquella frustración. Los bolivianos, en suma, creyeron que era posible construir un nuevo país con el gas.

¿Tenía razón la izquierda? ¿Tenían razón las masas populares que reivindicaban el derecho soberano de Bolivia sobre sus hidrocarburos? La situación económica del país responde a esta pregunta de forma inconclusa, o no satisfactoria. Demuestra de alguna forma que sí, que Bolivia indudablemente está mejor con la propiedad estatal de sus recursos estratégicos, pero la persistencia de una economía informal que atrapa a siete de cada diez bolivianos también indica que Zavaleta tenía razón, que la posesión de un gran excedente no es suficiente para construir un Estado más fuerte ni más justo.

No obstante, sería iluso y renegado afirmar que esta nacionalización no sirvió para nada, y que los más de 60 muertos de aquellas jornadas de octubre de 2003 fueron en vano. El avance de Bolivia en materia de política social es innegable. No obstante, ya son demasiadas vidas las que cayeron por conservar la soberanía de nuestro Estado sobre sus riquezas. Fueron no sólo los muertos de octubre de 2003. Fueron también la veintena de personas masacradas en septiembre de 2008. Suficientes vidas como para exigir un manejo estatal de los recursos naturales eficiente, honesto y capaz de liberar a Bolivia de la actual división internacional del trabajo.

En las minas de Bolivia, vientres del estaño que enriqueció a pocos y aniquiló a miles, se solía rendir culto al tío, personificación del diablo a la boliviana. El tío no era necesariamente malo, y de ser tratado con el suficiente respeto, podía llegar a ser un benefactor. El tío es la personificación de esos recursos naturales en cuyo altar morimos, pero también depositamos nuestras esperanzas.

Fuente: La época

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